Author: Goathemala
•domingo, diciembre 13, 2009

Amadou es barrendero, tímido y negro. También está enamorado y se cree idiota. Muy idiota. Cómo explicar que entregue su corazón a una chica desconocida con la que comparte veinte minutos de autobús diarios. Cuando era niño y vivía en África el viento levantó una tormenta de arena que desdibujó los caminos y casi entierra la aldea. Entonces le preguntó al sabio anciano la manera de detenerla y éste le respondió que no la había, solamente quedaba esperar que su fuerza se calmase. Amadou cree que lo que siente es tan imparable como esos vendavales del desierto que modifican el paisaje. No queda más que aguardar que expire la última ráfaga y que la mañana en la que amanezca vacío de amor todavía pueda reconocerse.

Pilar es menuda, pálida y medio hippie. No odia a los hombres si bien está hasta las narices de ellos: son iguales, no merecen el mínimo esfuerzo, dice. Un desengaño le llevó a esta conclusión. Tiene su mundo limitado - su trabajo – y la mirada infinita de los que disfrutan con la lectura. El sol al despuntar cada madrugada la encuentra abriendo un libro en el autobús, embebida en letras sin sospechar que unos ojos muy blancos unidos a un rostro muy oscuro están más embebidos en ella.

Él se enoja. El sentimiento le tiene en un vaivén emocional y le empuja a hacer cosas ridículas como bajarse dos paradas más tarde, empaparse de colonia y comprarse los mismos libros. Alguna vez coincidieron al bajarse. Entonces se miran y él abandona la barra de aluminio en la que se refugia como un avestruz acechado para cederle el paso y ella masculla un desinteresado gracias. Esa es la apariencia, en realidad Pilar piensa “pedazo negraco, qué bueno está y qué educado es, lástima que apeste a pachuli”.

Se suceden las claridades y las tinieblas al ritmo del diapasón del tiempo, se suceden estaciones y autobuses. Amadou atento desde el fondo: los cambios de libros, lo absorta que se queda, la alegría de los mechones de su su cabello que cambian de color para cantar a la vida y, a veces, revelan una nuca tan blanca y frágil que lo estremecen. Ya estoy olvidando, se dice.

Y llegó aquel día espantoso de lluvia, y la bendita avería, el santo cojinete que revienta y detiene las ruedas con sonido de leña triturada. El conductor asegurando que no puede continuar, las gotas persiguiéndose por las ventanillas, los ocupantes llamando a sus oficinas por la demora y Pilar que pide salir pero se detiene ante la puerta abierta. Amadou se adelanta para pisar sin miedo el enorme charco y ofrecerle las manos, ella se deja y lo que intuía que era ayuda para un salto se convierte en una suspensión, un vuelo que con su paraguas abierto le hacen sentirse Mary Poppins agarrada por un titán.

Se cierra la puerta, la chica sonríe retomando el paseo a su oficina, el chico no la sigue. Al volverse es la perfecta representación del abandono, el agua calándole, los zapatos en el charco, la vista gacha. Desanda sus pasos y le ofrece el amparo de su sombrilla. Caminan juntos, al poco ella se cansa del brazo en alto: la postura para cubrirle le asemeja a la Estatua de la Libertad. Minutos más tarde Amadou lleva el arco-iris en la cabeza, en su mano el mango y en su mente los vientos del desierto que todo lo cambian. Ella le toma del codo pensando en la fortuna de las piezas que se rompen.

Esa mañana no acuden al trabajo. No en vano el autobús se averió.

Author: Goathemala
•viernes, diciembre 11, 2009

Calas

Esta foto es una aberración, una imagen fantasma. No puede entenderse de otra manera la concurrencia en una diagonal del letárgico mundo otoñal y en otra del naciente verde de la primavera. ¿Cual está fuera de sitio? Como fue tomada este diciembre en un paraje de clima continental podemos afirmar que es la planta verde, una cala (del gr. kalos, bonito). Ésta, debiera estar exangüe, resiste mal los fríos.

Hace pocos días un hombre de campo al contemplar una perfecta flor sentenció "rosa en diciembre, espina en mayo". Quería decirme que el frío vendrá más tarde: cuando no debe y hace daño. El refrán esconde toda una filosofía mediante la cual la naturaleza tiene sus propios mecanismo de aclimatación y regulación, algo en lo que estaba de acuerdo hasta la irrupción del ser humano en el clima.

Decía W. Benjamín que el refrán era el jeroglífico de un cuento. Más allá de la belleza del colorido me invade el desconcierto de que esta vez la máxima fuera una errática profecía que se tradujera no tanto en un cuento de terror como en uno de suspense donde el frío no llegue y las plantas o cultivos pierdan su ciclo definido.

Author: Goathemala
•domingo, diciembre 06, 2009

Finisterre

El brazo le dolía con intensidad cuando llegó al fin del mundo. En el roquedal salino que comenzaba al expirar las aguas destacaba un promontorio desde donde en días claros se avistaban los atroces monstruos del Mare Tenebrosum. Allí rezó una oración por su padre y durante unos minutos regresó el recuerdo de Astorga, la enfermedad, la promesa de llegar a Santiago y la tumba a los pies del Teleno. El vocerío de unos peregrinos le sacaron del ensimismamiento, se conminaban a reconocer entre los olores salitrados la peste a azufre de una serpiente marina que soltó su fumarola cerca de la costa. Algunos llevaban en el pecho una concha de vieira que certificara que había cubierto el camino.

Una ráfaga gélida llevó la convulsión a las nubes cenicientas. Al anochecer le llegó el velo translúcido de la lluvia y el muchacho comprobó que se quedaba solo en el paraje. Sin miedo y exhausto busco cobijo bajo un carro destartalado y colgó del eje su zurrón y en los rotos radios por donde flagelaban las gotas extendió su carcomida pelliza. Unas raíces de heno como flácidos tentáculos del mundo silvestre le rozaron la cara. Eran semillas humedecidas y encajadas en fisuras de la madera. Encorvado en ese improvisado techo dispuso sus viandas: dos manzanas, tocino reseco, un mendrugo y cortezas que un lejano día fijaron el límite de un queso. Reservó la fruta y dio buena cuenta del resto.

Se extendió barro en las picaduras del antebrazo y tomó del suspendido zurrón el lienzo pegadizo por el que las había recibido. Apartó la cera y se resguardó por completo bajo la frazada. Pese a que afuera el mundo parecía acabarse, más por el fragor del cielo que por aposentarse en la frontera de la tierra, se sentía seguro bajo ese carro y esa manta como si le resguardaran de las inquietudes del mismo modo en que lo hacían del temporal y de las densas aguas del mar último.

Rememoró los tonos alegres de la chirimía, la extrañeza del vuelo de las aves en esos confines pues lo hacían con el mismo despreocupado afán de su lejano Flandes, el propósito de acompañar a algún trashumante por el camino que llamaban de la plata que le conduciría a unas tierras donde le afirmaron que el sol rara vez se oculta y la simiente se vuelve espiga en dos meses. El sueño mezcló los pensamientos y acabó desvaneciéndole la razón.

Otra vez las criaturas marinas quedaron sin salir esa noche y la nueva claridad que llegó a la anegada costa encontró al muchacho oculto y rígido, con un paño de miel de beleño en la boca.

Author: Goathemala
•sábado, noviembre 07, 2009

Atardecer con tormenta

Un amago de tormenta que lava el aire. Nubes negras que dejan un leve olor a mojado, a caña seca de maíz y ozono reprimido. Tierra que recupera de inmediato la sed, hojas de álamo perdiendo con el amarillo la última savia. El viento cabeceando las copas cada vez más despobladas, llevando a la libertad y a la muerte a la hojarasca, estremeciendo los elementos fijos: batiendo cristales en su presidio helado, señales de tráfico en balanceo, toldos que se hinchan imaginando, acaso, historias de gloria marinera. Botones abrochándose, lamentaciones por abrigos olvidados.

El viejo otoño archivando la vida fatigada, escondiéndola a la primavera que la encontrará - siempre lo hace - y jugará con ella como algo nuevo, como la vez primera en el génesis de los tiempos, sin que sepamos nunca si lo hace por desmemoria o por contemplación de su tierna criatura.

Author: Goathemala
•martes, octubre 20, 2009
Castañas gallegas

Soy una castaña, dijo el pequeño tras darle una lametada a su helado de trufa, una castaña dura y grande.

- Las castañas son para el otoño; ahora no las hay y si las hubiera tendrían gusanos, respondió la madre.

Al volver a casa el pequeño se acomodó en la sombreada esquina de las aspidistras y terminó de zamparse el cucurucho diciendo.

- Esto último para el gusano.

Uvas portuguesas

"Tomo la uva de los labios de mi novio, no vendimio bocas ajenas."

Cincuenta años más tarde aún quedaban energías en el anciano para reconcomerse con aquella frase arrojada por una pueblerina a la que acosaba con coplillas y encuentros que pretendían ser casuales.

Al cabo, pensaba, el desengaño me sirvió para tener más tacto y tratar de igual a las mujeres. Lo que no perdono a aquella muchacha es que desde entonces al ver un racimo no imagine otra cosa que un grupo de labios colgando.

Author: Goathemala
•lunes, octubre 12, 2009

Nieva en la antesala de la muerte. El poderoso dice “Rosebud” y su mano deja caer la esfera de cristal que se rompe escalones abajo. Expira. Sus sirvientes intentan encontrar el significado de tan misteriosa palabra. Así comienza una de las mejores películas, Ciudadano Kane. En su transcurso descrubriremos todo lo abyecto e influyente que era el personaje inspirado en el magnate William Randolph Hearst, y, si estamos atentos, comprobaremos que Rosebud era el nombre del trineo con el que jugaba en su niñez.

El hombre que todo lo tuvo, frente a la muerte, rememora el nombre de su trineo como el trono perdido de la niñez, el espacio de tiempo donde se quedaron sus sueños pues cuando todo se tiene o todo se puede comprar no se sueña con nada.

No hace falta ser poderoso o rico, también los problemas cotidianos se solapan al mundo puro de lo onírico enflaqueciéndolo, comiéndole el terreno. Son diversas las inquietudes laborales que atan de cadenas mis sueños. No quiero perderlos baja la cenicienta patina de las preocupaciones, quiero intentar decir “Rosebud” en vida, ahora.

Es obvio que en mi caso, el atajo a ese mundo no es un trineo, es un bosque, con eso me basta. Incluso con la frondosa copa de un solitario árbol.

Author: Goathemala
•miércoles, septiembre 23, 2009

El perro Lican tiene un cartero dentro. Sólo de esta manera me explico su mirar confuso como de enredarse con códigos postales y efectos timbrados.

Laika, como la ilustre predecesora, parecía haber venido a este mundo para sufrir la crueldad humana, así lo atestiguan las cicatrices de su cuerpo. A ella me resulta más difícil adscribirle un humano aunque, por lo dicho, no debe estar lejos de una mujer maltratada. Laika, tuvo la fortuna de encontrar a otros dueños, Lish y Lou, infinitamente mejores que le presentaron a Lican. Ahora viven juntos en una granja y tienen por compañeros a muchos animales más, entre ellos al gatito de la entrada anterior.

Esta es la historia de su amor y su progenie. Por una vez, sin que sirva de precedente,  las fotos no están retocadas y ocultan mensajes si pasan el ratón por ellas.

Laika fatigada por su preñez. Lican impresionándola.
La playa tenía muchos restos de algas de ahí su color. La última foto de Laika antes del parto.
Diez, fueron diez, esta es nada más que la primera hornada y eso que Lican sólo tiene un testículo. Venir al mundo para competir, una pena.
Apoyo a los más retrasados que esto es un Estado Social. Mira que son feos pero de tan tiernos hasta pasan por guapos.
Author: Goathemala
•jueves, septiembre 17, 2009

Sé querido minino que la rata descabezada que me ofreces quién sabe si como despedida vacacional o como presente por el tercer aniversario del blog, lleva emparejado el esfuerzo de su captura y como tal aprecio tu original detalle. Espero disculpes mis reticencias a participar en tan suculento festín pues me disuaden las moscas verdes que peregrinan a su panza y los escrúpulos culinarios que los humanos acumulamos de unos siglos a esta parte.

Déjame hacerte una foto a ti y no a la decapitada,  que deberé enterrar con mucho asco para que no te la zampes, como recuerdo de vacaciones, en especial, por aquel atardecer que me acompañaste al trigal para recoger almendras e higos mientras nos llegaba la brisa marina.

Por último, puede saberse en qué lugar pusiste su cabeza.

Oh, mejor no quiero imaginarlo.

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Foto propia y ampliable, como todas.

Author: Goathemala
•miércoles, septiembre 02, 2009

 

Muy bien podemos irnos a la casi despoblada comarca del Matarraña, a Mazaleón y una vez allí visitar la cárcel del pueblo, anexa al consistorio, conservada con escasas modificaciones desde el XVII. Si así hiciéramos, veríamos espantados el calabozo subterráneo, excavado en roca, donde los reclusos permanecían encadenados, a un cepo que se conserva intacto, entre la oscuridad y el silencio más absolutos.

La planta superior alberga una celda donde los rigores de la Inquisición y la Justicia fueron menos severos. En ella existe un panel de siete metros repleto de viejas inscripciones de sus moradores, una caótica amalgama de garabatos. Toscos grabados de arcabuces, dagas, barcos o manos: sueños de convictos.

Uno de ellos intenta representar un libro abierto. La poca pericia y la ramplona herramienta hicieron que pareciera más una golondrina batiendo alas, bella metáfora carcelaria. Otro grabado, mejor rematado, nos presenta un libro anónimo, el Quijote, la Biblia o la Pepa. Cualquiera. Todos.

A falta de más datos he convenido que la persona que lo dibujó era un preso político sediento de letras y que esos torpes trazos, escondidos en una comarca aragonesa, son el más puro y sufrido homenaje al mundo del libro y a los que disfrutamos con la lectura.

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Foto propia, puerta de mazmorra, se puede ampliar.