Amadou es barrendero, tímido y negro. También está enamorado y se cree idiota. Muy idiota. Cómo explicar que entregue su corazón a una chica desconocida con la que comparte veinte minutos de autobús diarios. Cuando era niño y vivía en África el viento levantó una tormenta de arena que desdibujó los caminos y casi entierra la aldea. Entonces le preguntó al sabio anciano la manera de detenerla y éste le respondió que no la había, solamente quedaba esperar que su fuerza se calmase. Amadou cree que lo que siente es tan imparable como esos vendavales del desierto que modifican el paisaje. No queda más que aguardar que expire la última ráfaga y que la mañana en la que amanezca vacío de amor todavía pueda reconocerse.
Pilar es menuda, pálida y medio hippie. No odia a los hombres si bien está hasta las narices de ellos: son iguales, no merecen el mínimo esfuerzo, dice. Un desengaño le llevó a esta conclusión. Tiene su mundo limitado - su trabajo – y la mirada infinita de los que disfrutan con la lectura. El sol al despuntar cada madrugada la encuentra abriendo un libro en el autobús, embebida en letras sin sospechar que unos ojos muy blancos unidos a un rostro muy oscuro están más embebidos en ella.
Él se enoja. El sentimiento le tiene en un vaivén emocional y le empuja a hacer cosas ridículas como bajarse dos paradas más tarde, empaparse de colonia y comprarse los mismos libros. Alguna vez coincidieron al bajarse. Entonces se miran y él abandona la barra de aluminio en la que se refugia como un avestruz acechado para cederle el paso y ella masculla un desinteresado gracias. Esa es la apariencia, en realidad Pilar piensa “pedazo negraco, qué bueno está y qué educado es, lástima que apeste a pachuli”.
Se suceden las claridades y las tinieblas al ritmo del diapasón del tiempo, se suceden estaciones y autobuses. Amadou atento desde el fondo: los cambios de libros, lo absorta que se queda, la alegría de los mechones de su su cabello que cambian de color para cantar a la vida y, a veces, revelan una nuca tan blanca y frágil que lo estremecen. Ya estoy olvidando, se dice.
Y llegó aquel día espantoso de lluvia, y la bendita avería, el santo cojinete que revienta y detiene las ruedas con sonido de leña triturada. El conductor asegurando que no puede continuar, las gotas persiguiéndose por las ventanillas, los ocupantes llamando a sus oficinas por la demora y Pilar que pide salir pero se detiene ante la puerta abierta. Amadou se adelanta para pisar sin miedo el enorme charco y ofrecerle las manos, ella se deja y lo que intuía que era ayuda para un salto se convierte en una suspensión, un vuelo que con su paraguas abierto le hacen sentirse Mary Poppins agarrada por un titán.
Se cierra la puerta, la chica sonríe retomando el paseo a su oficina, el chico no la sigue. Al volverse es la perfecta representación del abandono, el agua calándole, los zapatos en el charco, la vista gacha. Desanda sus pasos y le ofrece el amparo de su sombrilla. Caminan juntos, al poco ella se cansa del brazo en alto: la postura para cubrirle le asemeja a la Estatua de la Libertad. Minutos más tarde Amadou lleva el arco-iris en la cabeza, en su mano el mango y en su mente los vientos del desierto que todo lo cambian. Ella le toma del codo pensando en la fortuna de las piezas que se rompen.
Esa mañana no acuden al trabajo. No en vano el autobús se averió.









